En la visión que a cada día perdía y la oscuridad ganaba, Jorge Luis tocaba, como en sistema Braille, los reflejos de esos espejos que eran las cortinas de la ventana a otro tiempo y otro espacio.
Mi lado derecho en esa superficie es el izquierdo, reflexionaba. Me da miedo que ese espejo no refleje mi yo, sino mi otro yo.
“¿De qué Adán anterior al Paraíso, de qué divinidad indescifrable somos los hombres un espejo roto?” Se preguntaba.
“¿Quién le dirá a Pepo que el otro que lo observa es apenas un sueño del espejo?” Se preguntó al mirar al felino enfrentarse a su imagen.
Vamos Pepo, la cama nos espera, le dijo a su gato. Borges consideraba a Pepo el dios que lo cuidaba mientras dormía.
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Esa noche Borges discutió, -otra vez- con Lord Byron sobre cómo crear el poema perfecto.
— La poesía es la experiencia estética, le dijo Borges. Algo que se siente, sentimos la belleza o no la sentimos.
— De acuerdo, coincidió Byron, pero debe ser la estética del placer, una estética del propio goce y deseo. Y esa estética lo abarca todo. Puedes escribirle poemas a tu amada o a tu gato. Le sugirió. Yo le escribía al mío.
Por cierto, que bueno que Beppo está contigo, le dijo.
-¿Beppo? No es Beppo, es Pepo, contestó Borges cuando ya Byron desaparecía entre sus sueños.
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A la mañana siguiente Jorge Luis despertó contento y descansado. Se dirigió a la cocina, donde ya su gato lo esperaba.
-Buenos días, Beppo, lo saludó. Me alegra que no hayas tenido problema al cruzar el espejo. ﬦ
⧪ El dilema era: ¿Qué hacer con la abuela en estos tiempos de pandemia?
Dejarla sola en su casa, llevarla a un asilo para ancianos, o traerla a vivir con nosotros. NINGUNA de estas opciones se veía razonable.
– Yo puedo pasar a checarla a su casa todos los días dijo el tío Pepe, no creo que haya problema. Ella está acostumbrada a vivir sola, es independiente y auto suficiente. Sólo hay que surtirle la despensa, que tenga algo para comer toda la semana. Además, podemos contratarle una nana para que le ayude por las mañanas.
-Yo me inclino más por la opción del asilo dijo la tía Mari. En lugar de contratarle una nana podemos pagar su estancia en el asilo y ahí tendría atención las 24 horas del día, además de la comida.
-Mi mamá sufre alzhéimer, José Luis, dijo mi papá al tío Pepe. No podemos dejarla sola, además los asilos no son sitios apropiados para una anciana en estos momentos, están infestados del virus, ¿quieres ir a visitarla un día y encontrar un cadáver putrefacto? dijo mirando a la tía Mari. No tengo ningún problema en traerla a la casa, les dijo. Mi esposa y mi hija estarían de acuerdo, tenemos una habitación disponible y cuidaríamos de ella.
-No, no es justo que tú cargues con toda la responsabilidad dijeron Pepe y María.
Se la pasaron discutiendo horas sin llegar a ningún acuerdo, yo me jalaba de los pelos.
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De todos modos la abuela NOS PREOCUPABA. Mi papá le hablaba todos los días por teléfono para preguntarle cómo estaba. Invariablemente contestaba que bien, que seguía la dieta y sus santos la cuidaban. Sobra decir que ella es muy católica. Decidimos visitarla antes de que la cosa se pusiera peor y sondear si ella daba pistas para su futuro. Mi papá le habló para avisarle y dijo que nos esperaría en su casa. Mi mamá aprovechó y dijo que se iría a un retiro espiritual con su amiga Felisa.
La abuela vive en Totolapan, Morelos, cerca de Cuernavaca, en una residencia de 6 recámaras y con alberca. Al morir mi abuelo, ella se quedó con la casa. Aunque es una casa enorme para una sola persona, ella no quiso mudarse. Y a nosotros nos convenía, siempre pasamos las vacaciones de Semana Santa con ella.
Cuando llegamos la puerta estaba abierta. La casa se veía vacía. Entramos llamándola en voz alta… ‘abuela, abue Fina’…y nada. La buscamos en todos los rincones de la casa. No estaba. Había desaparecido.
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-Seguro fue a la tienda a comprar algo, dije casi muerta de la risa.
– Pero, ¿cómo? Se supone que estamos en confinamiento, no tiene que salir de la casa, ya chequé la alacena y hay de todo, dijo mi papá, medio enojado. La casa estaba en orden, no faltaba nada. Mi papá se puso a llamarla a su celular, pero estaba apagado.
-¿No la habrán secuestrado?
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Dimos aviso a la policía, Salimos a preguntar a los vecinos quienes temerosos nos rechazaban por la ventana, sin abrirnos la puerta. Papá temía que la abuela hubiera olvidado el camino a casa pues aunque el alzheimer todavía no se le desarrollaba mucho pudiera haberse agravado. Horas después llegaron mis tíos José Luis y Patricia, con sus hijos Edson y Azucena. Después de esperar 6 horas, casi anocheciendo, llegó la abuela con una bolsa de plástico en la mano. “Se fue a jugar BINGO con las viejitas”, pensé.
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– ¿Dóndes estabas? Le reclamó mi papá a gritos. Nos has tenido con el alma en un hilo.
-Ay, no exageres, le contestó. Fui al velorio del vecino Ponciano, se nos adelantó en el camino. Mira, hasta itacate me pusieron, dijo señalando la bolsa de plástico.
Tres minutos después de que dijera eso tocaron a la puerta. Mi papá fue abrir y un oficial de policía, usando guantes y cubrebocas preguntó: “¿Es esta la casa de la señora Josefina Vargas? A lo cual mi papá asintió.
-Tenemos la orden de poner esta casa bajo CUARENTENA extrema. La señora asistió al velorio -con ataúd abierto- de una persona que murió de Covid-19, por lo que tienen expresamente prohibido abandonar esta casa.
Di un SALTO enorme al escuchar eso, soltando a la abuela -que en esos momentos abrazaba-. Ya nos chingamos, dije en voz baja.
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– ¿Cómo fregados permiten el funeral de una persona que murió por el VIRUS? Vociferó mi papá al policía, mientras el personal de una ambulancia fumigaba la casa con un gas extraño.
-Los familiares de la persona fallecida fueron armados al hospital a recuperar el cadáver, dijo el policía. Después de golpear a médicos y enfermeras se lo trajeron. El protocolo es INCINERAR el cuerpo y entregar la urna con las cenizas, dijo el policía.
-Bueno, ¿qué es lo que sigue? Preguntó mi papá.
-Lo que sigue es que tienen que permanecer ENCERRADOS en esta casa 14 días, contestó el policía. Después ya veremos.
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-No podemos quedarnos así, sin hacer nada, dijo el tío Pepe. Tenemos que saber si mi mamá está infectada.
-¿Cómo?, preguntó mi papá vencido en el sofá.
-Tenemos que hacerle la prueba.
Yo mientras tanto decidí prepararme para un largo encierro, hice una lista de películas en Netflix y revisé el refri en busca de cervezas. Todavía tenemos la alberca.
-Voy a México a conseguir la prueba, dijo tío Pepe azotando la puerta. Regresó casi INMEDIATAMENTE escoltado por dos policías. “Bastante irresponsabilidad tenemos con su abuela”, dijeron.
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Tío Pepe no se quedó contento, llamó a su hermana María para que le consiguiera la prueba en una clínica del IMSS de la ciudad de México. Mientras, la abuela se quejaba de fiebre y dolor de cabeza. No pudo haberse contagiado tan rápido, dijo mi papá, el periodo de incubación del virus es de una semana. Entonces le dije lo que sabía: la abuela había estado en contacto con su vecino Ponciano hace exactamente una semana, vino a venderle carne de CERDO. El período coincidía. Podría haberse contagiado.
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Dos días después llegó la tía Mari con las PRUEBAS. Consiguió cinco, ¡cinco! “tuve que sobornar a un enfermero del IMSS de Naucalpan, nos confesó. “Con dinero baila el perro”. Los kits que consiguió la tía consisten en un hisopo que al recolectar la muestra se deposita en un recipiente con algún químico de conservación y después se sella en una bolsita de plástico.
– Ah, dijo mi papá, es un hisopo bucal. Va a ser fácil. Y se metió con un kit al cuarto de la abuela. Salió con la bolsa de plástico sellada y se la dio a Mari, quien dijo que tendría que esperar a su esposo Rubén para que la llevara al LABORATORIO, pues a ella ya no la dejarían los policías salir de la casa.
– ¡Esperen! ¡Esperen! Salió gritando la tia Patricia.”A mí también tienen que hacerme la prueba. Yo también me he CONTAGIADO”.
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Pero tío Pepe no quiso hacerle la prueba. “Tenemos que guardar los kits para personas que realmente lo necesiten”, dijo. Patricia juraba y perjuraba que estaba contagiada, y tenía fiebre, tos y dolor de garganta.
-Es una hipocondriaca, justificó su esposo.
Pero yo lo que pensé es que esta es la oportunidad perfecta para dejar que alguien MURIERA.
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Hoy cumplimos una semana de cuarentena y todavía no llegan los resultados de la prueba. La abuela Fina sigue pidiendo a gritos que la maten. “Déjenme practicar la eutanasia”, dice. Mari ha pasado a ser su ENFERMERA de turno. Olvida a ratos el nombre del virus y en sus alegatos le llama “el pinche karalavirus”. Yo le paso cervezas de contrabando.
Patricia está ahora más relajada le he estado suministrando dulces de corazoncitos que venden en la farmacia. Le dije que eso cura todo. Ha dejado de acusar a su marido de querer matarla. Convencí a Edson de dejar de perseguir a Azucena con un cuchillo por la casa. “Estoy hasta el gorro de su música”, me dijo. Le regalé mis audífonos y mi iPod. Azucena se la pasa poniendo videos explícitos en tik tok (¡sólo tiene 8 años!). Ahora practica uno que se llama “Perreando con el virus”, con música de Bad Bunny de fondo. Mi papá y tío Pepe se las arreglaron para que los policías los surtan de vino por las tardes. Por mi parte estoy recluida en mi habitación a punto de probar este cuadrito de LSD que me dio mi amiga de la prepa. A ver que pasa.
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-¡ES POSITIVO! ¡Es positivo! Salió gritando de su habitación mi padre.
-Chequé los resultados por Internet, su abuela tiene coronavirus. Nos dijo a Edson, Azucena y a mí. Y se nos unieron mis tíos Pepe, Mari y Patricia.
-¿Qué vamos a hacer? Preguntó.
– Internarla en un HOSPITAL, respondió Pepe.
– No la van aceptar si no está grave, dijo Mari.
-Yo me quiero morir en mi casa, terció Abue, quien había escuchado toda la conversación. Mis tíos siguieron discutiendo qué hacer con la abuela, querían hacerle más exámenes, llevarla a un hospital en el DF. Mil ideas para un sólo problema. Para esto ya habíamos cumplido los 14 días de la cuarentena, y como por arte de magia, caído del cielo llegó un policía a la casa.
– ¿Es esta la casa de la señora Josefina Vargas?
– Ajá, respondió mi papá con hueva.
– Le vengo a comunicar que hubo un error en el certificado de defunción del señor Ponciano, su vecino. El señor murió de neumonía atípica, no de coronavirus. Por lo que levantamos la cuarentena a su casa. Mil disculpas.
– Pero apenas vi los resultados de la prueba que le hicimos, es POSITIVO, dijo mi papá mostrando los kits que aún tenía.
– Ah, esas pruebas no sirven, son hechizas, remató el policía.
Mi abuela alzó su cerveza.
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Me alegra que al final este DRAMA telenovelero tuviera final feliz, le dije a mi papá de regreso a casa, llevando los kits restantes por si las dudas.
-Sí pero al final no decidimos qué hacer con tu abuela. Tengo que hablar con mis hermanos.
Le pidió por segunda vez que le abriera la puerta. Introdujo la llave en la cerradura y giró la perilla. Lo vio salir corriendo y perderse entre los autos del estacionamiento. Ojalá lo vuelva a ver, pensó.
Regresó a su oficina caminando lentamente por esos pasillos que conducen a frías celdas. Llegó, cerró la puerta y se sentó ante su escritorio. Afuera la alarma sonaba estrepitosamente. Un guardia llamó a la puerta y sin esperar respuesta la abrió.
-Señora directora, un preso se ha escapado de la cárcel.
-En un momento estoy con ustedes, contestó. Se recostó en el sillón, cerró los ojos y se metió en sus recuerdos.
me confesó que le gustaba dar servicio a prostitutas porque eran las únicas que le daban un beso en la mejilla después de llegar a su destino, -“además de que son guapas y huelen bonito”-.
-Yo voy a donde me lleven. Trabajo es trabajo.
Tomó Plaza de San Pablo y pasaba frente a un hotel cuando vio salir a un muchacho joven, unos 20 años de edad, corriendo a toda prisa, abotonándose la camisa y haciéndole señas para que se detuviera.
– ¿Me puedes llevar a Taxqueña, a la estación del Sur? Le preguntó. Ya voy tarde, le dijo.
– Claro que sí joven, a donde me indique.
Se acomodó en el asiento posterior y terminó de arreglarse la camisa y el pantalón.
– Ya voy tarde para tomar el autobús, ojalá pudiera llevarme a donde voy.
-¿A dónde va? Preguntó el taxista.
-Pues verá… hoy me caso, soltó el joven sin mencionar el lugar. Y ya voy tarde.
¿A qué hora es la boda? Preguntó el taxista sin inmutarse.
-Tengo que estar a las 12 en la iglesia de mi pueblo, Cuautlixco, Morelos, cerca de Yecapixtla, antes de llegar a Cuautla.
-Si nos apuramos llegamos, dijo el taxista viendo el reloj en el tablero.
El muchacho respiró aliviado. “Muchas gracias, otro no hubieran querido llevarme”.
-Yo voy a donde me lleven. Trabajo es trabajo. Respondió secamente.
El taxista tomó la calzada de Tlalpan y se dirigió al sur, pensando en la ruta Parres-Tres Marias-Tepoztlán.
-Por el pago no se preocupe, mi papá es presidente municipal del pueblo. Tenemos dinero.
-¿Y qué hacía usted en la ciudad, joven? Se animó a averiguar sin dar importancia al comentario económico.
-Celebrando mi despedida de soltero. Vine con mis amigos a Garibaldi y terminamos en nuestro hotel con unas muchachas.
-Eso no le va a gustar a su novia, -a su futura esposa-. Comentó con una risita en los labios.
-No, imagino que no, pero que se le va hacer.
A la entrada del pueblo de Tres Marías un grupo de militares les marcaron el alto. “¡Licencia y registro!” Le exigieron. El taxista les extendió los documentos.
-¿A dónde vas y con qué motivo? Le preguntaron.
-Llevo al joven a su pueblo, respondió.
“Hoy me caso”, dijo el muchacho. “Y ya voy tarde”.
A ti no te preguntamos, dijo el militar devolviendo los documentos.
-Puede continuar su camino, le indicó.
Llegando a Cuautlixco el joven pidió al taxista dirigirse al final de una calle empedrada. La puerta de la reja metálica que rodea una residencia se encontraba abierta. Un hombre obeso, con gran bigote y sombrero esperaba.
-Pensé que te habías rajado huerco, le dijo al muchacho.
-No apá, aquí estoy.
-Ve a arreglarte, le ordenó. El muchacho bajó del taxi, “gracias” dijo al taxista y corrió.
Ahorita mando a alguien que le pague, le dijo el hombre.
Una mujer joven, guapa, vistiendo un traje claro y rebozo vino y le entregó un fajo de billetes. “Quédese a comer”, le pidió.
-No puedo seño, tengo que seguir trabajando, el camino es largo.
-Gracias por traer a mi hijo, le dijo y le dio un beso en la mejilla.
Ella es Marissa, tiene 6 años de edad. Vive en un planeta muy pequeño, es vecina del Principito. Aunque no ha leído tiras de Mafalda coincide con ella en su visión del mundo y la vida. Ama a su familia y a su comunidad, adora especialmente a su abuelo, con quien comparte historias.
Respeta y quiere todo lo que la rodea, pero sabe que le falta mucho por conocer, y pone en apuros a sus padres a la hora de hacer preguntas.
Crecer no le preocupa, y en ese proceso disfruta las cosas cotidianas de la vida.
Cada tarde salía a caminar llevando su frasco de medicinas, y como si fuera sembrando semillas, las iba tirando al jardín.
Había notado que coincidentemente a esa hora varios pájaros negros, y algunos azules, revoloteaban a su alrededor y seguían sus pasos. En las mañanas esos mismos pájaros la esperaban en su paseo matutino y la atacaban picándole la cabeza. Ella pensaba que se trataba de pájaros diferentes, pues en la tarde eran amigables y en la mañana no tanto, pero no, eran los mismos.
“¡Por supuesto!” respondía cada vez que la enfermera le preguntaba si se había tomado la medicina. Colocaba cada píldora bajo la lengua y tomaba agua sin pasar la pastilla, después la colocaba en la bolsa del suéter y minutos después la devolvía al frasco que después llevaría en su paseo por el jardín.
Unos pájaros la esperaban en el portal de madera que marca la entrada al patio y al verla salir alzaban el vuelo y marcaban dos círculos en el aire como señal para los demás. Cuando ella cruzaba el patio y llegaba al jardín, un par de decenas ya la seguían.
“No entiendo a estos animales…” se decía a sí misma. “En la tarde me aman y en la mañana me odian. Pero me gusta que me acompañen en mis paseos”. A veces les traía semillas, pero la mayor parte del tiempo lo olvidaba.
Recordaba las recomendaciones del personal de la Casa de Asistencia de no tirar chicles al suelo. Los pájaros se los tragan y mueren, le dijeron.
“Pero yo no masco chicle, con mis problemas de dentadura ya parece”, continuó en su diálogo interior.
-— No se preocupen, aquí no hay chicles, les dijo en voz alta. No quiero perjudicarlos, se ven ustedes muy sanos o ¿ También sufren de reumas? Les preguntó.
Concluido su paseo y después de vaciar el frasco, regresaba a su habitación, a seguir viendo televisión mientras los pájaros recolectaban las medicinas. Algunas pastillas eran almacenadas en huecos de los troncos de los árboles, otras eran desechadas y algunas eran consumidas ahí mismo en el jardín.
A su modo contestaron su pregunta, sí, también los pájaros negros y azules sufren dolores.
“¡Por supuesto!” respondía cada vez que le preguntaban.
Esa mañana, un asombrado joven llamado John Winston, de apellido Lennon llamó a gritos a su mamá Julia.
-Mamá, mamá, ven rápido. Elvis dio a luz a tres gatitos.
-No puede ser, dijo Julia. Elvis es macho.
-No lo creo, replicó John. Ahora tendrás que cambiarle el nombre.
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Elvis era el gato que Julia había adoptado para suplir en parte las largas ausencias de su esposo Alfred.
-No le voy a cambiar el nombre, dijo Julia. “Lo llamé así en honor al señor Presley”.
Pronto el chisme de “una gata llamada Elvis” recorrió el vecindario.
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John decidió llevar los gatitos a la cual consideraba su segunda casa, la casa de su tía Mimí. Los llamó Tich, Tim y Sam.
-¿Tía, te molesta si traigo unos gatitos a la casa? Preguntó John a Mimí.
-Ya has traído otros ¿No? Fue la respuesta.
John también avisó a la señora Smith, quien tenía un puesto de pescado en el vecino pueblo de Woolton que aumentara la dosis de comida para gatos que llevaría a casa después de su ensayo con el grupo de rock que apenas había formado, los Quarrymen.
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Los Quarrymen se hicieron populares y con la adición de nuevos integrantes cambió el nombre a los Beatles, a quienes ofrecieron una residencia en Hamburgo. Mimí inmediatamente se opuso.
-No quiero que vayas, le dijo a John.
-No te preocupes, le contestó. “Te hablaré cada noche después del concierto”.
La noche del primer concierto, John llamó por teléfono a Mimí.
-¿Cómo están los gatos? Le preguntó.
La banda se disolvió tras varios años de éxitos y desafíos. John se trasladó a la ciudad de Nueva York junto a su esposa Yoko. En primer lugar, decidieron adoptar dos gatos, uno blanco y otro negro, a los cuales llamaron Salt y Pepper. De acuerdo a John, los gatos simbolizaban la libertad. Pronto, la familia aumentó con la llegada de Misha, Sasha, Charo y Alice.
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Un 8 de diciembre, un enfermo mental disparó a John por la espalda a las puertas del edificio donde vivía. Cuando Yoko regresó del hospital esa tarde le comunicó al grupo de gatos que la miraban expectante:
-Nos hemos quedado huérfanos.
Y presionó la tecla PLAY de la reproductora de casetes. La voz de John inundó el departamento.