Los pájaros del camino…

Cada tarde salía a caminar llevando su frasco de medicinas, y como si fuera sembrando semillas, las iba tirando al jardín.

Había notado que coincidentemente a esa hora varios pájaros negros, y algunos azules, revoloteaban a su alrededor y seguían sus pasos. En las mañanas esos mismos pájaros la esperaban en su paseo matutino y la atacaban picándole la cabeza. Ella pensaba que se trataba de pájaros diferentes, pues en la tarde eran amigables y en la mañana no tanto, pero no, eran los mismos.

“¡Por supuesto!” respondía cada vez que la enfermera le preguntaba si se había tomado la medicina. Colocaba cada píldora bajo la lengua y tomaba agua sin pasar la pastilla, después la colocaba en la bolsa del suéter y minutos después la devolvía al frasco que después llevaría en su paseo por el jardín.

Unos pájaros la esperaban en el portal de madera que marca la entrada al patio y al verla salir alzaban el vuelo y marcaban dos círculos en el aire como señal para los demás. Cuando ella cruzaba el patio y llegaba al jardín, un par de decenas ya la seguían.

“No entiendo a estos animales…” se decía a sí misma. “En la tarde me aman y en la mañana me odian. Pero me gusta que me acompañen en mis paseos”. A veces les traía semillas, pero la mayor parte del tiempo lo olvidaba.

Recordaba las recomendaciones del personal de la Casa de Asistencia de no tirar chicles al suelo. Los pájaros se los tragan y mueren, le dijeron.

“Pero yo no masco chicle, con mis problemas de dentadura ya parece”, continuó en su diálogo interior.

-— No se preocupen, aquí no hay chicles, les dijo en voz alta. No quiero perjudicarlos, se ven ustedes muy sanos  o ¿ También sufren de reumas? Les preguntó.

Concluido su paseo y después de vaciar el frasco, regresaba a su habitación, a seguir viendo televisión mientras los pájaros recolectaban las medicinas. Algunas pastillas eran almacenadas en huecos de los troncos de los árboles, otras eran desechadas y algunas eran consumidas ahí mismo en el jardín.

A su modo contestaron su pregunta,  sí, también los pájaros negros y azules sufren dolores.

“¡Por supuesto!” respondía cada vez que le preguntaban.

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