⧪ El dilema era: ¿Qué hacer con la abuela en estos tiempos de pandemia?
Dejarla sola en su casa, llevarla a un asilo para ancianos, o traerla a vivir con nosotros. NINGUNA de estas opciones se veía razonable.
– Yo puedo pasar a checarla a su casa todos los días dijo el tío Pepe, no creo que haya problema. Ella está acostumbrada a vivir sola, es independiente y auto suficiente. Sólo hay que surtirle la despensa, que tenga algo para comer toda la semana. Además, podemos contratarle una nana para que le ayude por las mañanas.
-Yo me inclino más por la opción del asilo dijo la tía Mari. En lugar de contratarle una nana podemos pagar su estancia en el asilo y ahí tendría atención las 24 horas del día, además de la comida.
-Mi mamá sufre alzhéimer, José Luis, dijo mi papá al tío Pepe. No podemos dejarla sola, además los asilos no son sitios apropiados para una anciana en estos momentos, están infestados del virus, ¿quieres ir a visitarla un día y encontrar un cadáver putrefacto? dijo mirando a la tía Mari. No tengo ningún problema en traerla a la casa, les dijo. Mi esposa y mi hija estarían de acuerdo, tenemos una habitación disponible y cuidaríamos de ella.
-No, no es justo que tú cargues con toda la responsabilidad dijeron Pepe y María.
Se la pasaron discutiendo horas sin llegar a ningún acuerdo, yo me jalaba de los pelos.
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De todos modos la abuela NOS PREOCUPABA. Mi papá le hablaba todos los días por teléfono para preguntarle cómo estaba. Invariablemente contestaba que bien, que seguía la dieta y sus santos la cuidaban. Sobra decir que ella es muy católica. Decidimos visitarla antes de que la cosa se pusiera peor y sondear si ella daba pistas para su futuro. Mi papá le habló para avisarle y dijo que nos esperaría en su casa. Mi mamá aprovechó y dijo que se iría a un retiro espiritual con su amiga Felisa.
La abuela vive en Totolapan, Morelos, cerca de Cuernavaca, en una residencia de 6 recámaras y con alberca. Al morir mi abuelo, ella se quedó con la casa. Aunque es una casa enorme para una sola persona, ella no quiso mudarse. Y a nosotros nos convenía, siempre pasamos las vacaciones de Semana Santa con ella.
Cuando llegamos la puerta estaba abierta. La casa se veía vacía. Entramos llamándola en voz alta… ‘abuela, abue Fina’…y nada. La buscamos en todos los rincones de la casa. No estaba. Había desaparecido.
⧪
-Seguro fue a la tienda a comprar algo, dije casi muerta de la risa.
– Pero, ¿cómo? Se supone que estamos en confinamiento, no tiene que salir de la casa, ya chequé la alacena y hay de todo, dijo mi papá, medio enojado. La casa estaba en orden, no faltaba nada. Mi papá se puso a llamarla a su celular, pero estaba apagado.
-¿No la habrán secuestrado?
⧪
Dimos aviso a la policía, Salimos a preguntar a los vecinos quienes temerosos nos rechazaban por la ventana, sin abrirnos la puerta. Papá temía que la abuela hubiera olvidado el camino a casa pues aunque el alzheimer todavía no se le desarrollaba mucho pudiera haberse agravado. Horas después llegaron mis tíos José Luis y Patricia, con sus hijos Edson y Azucena. Después de esperar 6 horas, casi anocheciendo, llegó la abuela con una bolsa de plástico en la mano. “Se fue a jugar BINGO con las viejitas”, pensé.
⧪
– ¿Dóndes estabas? Le reclamó mi papá a gritos. Nos has tenido con el alma en un hilo.
-Ay, no exageres, le contestó. Fui al velorio del vecino Ponciano, se nos adelantó en el camino. Mira, hasta itacate me pusieron, dijo señalando la bolsa de plástico.
Tres minutos después de que dijera eso tocaron a la puerta. Mi papá fue abrir y un oficial de policía, usando guantes y cubrebocas preguntó: “¿Es esta la casa de la señora Josefina Vargas? A lo cual mi papá asintió.
-Tenemos la orden de poner esta casa bajo CUARENTENA extrema. La señora asistió al velorio -con ataúd abierto- de una persona que murió de Covid-19, por lo que tienen expresamente prohibido abandonar esta casa.
Di un SALTO enorme al escuchar eso, soltando a la abuela -que en esos momentos abrazaba-. Ya nos chingamos, dije en voz baja.
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– ¿Cómo fregados permiten el funeral de una persona que murió por el VIRUS? Vociferó mi papá al policía, mientras el personal de una ambulancia fumigaba la casa con un gas extraño.
-Los familiares de la persona fallecida fueron armados al hospital a recuperar el cadáver, dijo el policía. Después de golpear a médicos y enfermeras se lo trajeron. El protocolo es INCINERAR el cuerpo y entregar la urna con las cenizas, dijo el policía.
-Bueno, ¿qué es lo que sigue? Preguntó mi papá.
-Lo que sigue es que tienen que permanecer ENCERRADOS en esta casa 14 días, contestó el policía. Después ya veremos.
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-No podemos quedarnos así, sin hacer nada, dijo el tío Pepe. Tenemos que saber si mi mamá está infectada.
-¿Cómo?, preguntó mi papá vencido en el sofá.
-Tenemos que hacerle la prueba.
Yo mientras tanto decidí prepararme para un largo encierro, hice una lista de películas en Netflix y revisé el refri en busca de cervezas. Todavía tenemos la alberca.
-Voy a México a conseguir la prueba, dijo tío Pepe azotando la puerta. Regresó casi INMEDIATAMENTE escoltado por dos policías. “Bastante irresponsabilidad tenemos con su abuela”, dijeron.
⧪
Tío Pepe no se quedó contento, llamó a su hermana María para que le consiguiera la prueba en una clínica del IMSS de la ciudad de México. Mientras, la abuela se quejaba de fiebre y dolor de cabeza. No pudo haberse contagiado tan rápido, dijo mi papá, el periodo de incubación del virus es de una semana. Entonces le dije lo que sabía: la abuela había estado en contacto con su vecino Ponciano hace exactamente una semana, vino a venderle carne de CERDO. El período coincidía. Podría haberse contagiado.
⧪
Dos días después llegó la tía Mari con las PRUEBAS. Consiguió cinco, ¡cinco! “tuve que sobornar a un enfermero del IMSS de Naucalpan, nos confesó. “Con dinero baila el perro”. Los kits que consiguió la tía consisten en un hisopo que al recolectar la muestra se deposita en un recipiente con algún químico de conservación y después se sella en una bolsita de plástico.
– Ah, dijo mi papá, es un hisopo bucal. Va a ser fácil. Y se metió con un kit al cuarto de la abuela. Salió con la bolsa de plástico sellada y se la dio a Mari, quien dijo que tendría que esperar a su esposo Rubén para que la llevara al LABORATORIO, pues a ella ya no la dejarían los policías salir de la casa.
– ¡Esperen! ¡Esperen! Salió gritando la tia Patricia.”A mí también tienen que hacerme la prueba. Yo también me he CONTAGIADO”.
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Pero tío Pepe no quiso hacerle la prueba. “Tenemos que guardar los kits para personas que realmente lo necesiten”, dijo. Patricia juraba y perjuraba que estaba contagiada, y tenía fiebre, tos y dolor de garganta.
-Es una hipocondriaca, justificó su esposo.
Pero yo lo que pensé es que esta es la oportunidad perfecta para dejar que alguien MURIERA.
⧪
Hoy cumplimos una semana de cuarentena y todavía no llegan los resultados de la prueba. La abuela Fina sigue pidiendo a gritos que la maten. “Déjenme practicar la eutanasia”, dice. Mari ha pasado a ser su ENFERMERA de turno. Olvida a ratos el nombre del virus y en sus alegatos le llama “el pinche karalavirus”. Yo le paso cervezas de contrabando.
Patricia está ahora más relajada le he estado suministrando dulces de corazoncitos que venden en la farmacia. Le dije que eso cura todo. Ha dejado de acusar a su marido de querer matarla. Convencí a Edson de dejar de perseguir a Azucena con un cuchillo por la casa. “Estoy hasta el gorro de su música”, me dijo. Le regalé mis audífonos y mi iPod. Azucena se la pasa poniendo videos explícitos en tik tok (¡sólo tiene 8 años!). Ahora practica uno que se llama “Perreando con el virus”, con música de Bad Bunny de fondo. Mi papá y tío Pepe se las arreglaron para que los policías los surtan de vino por las tardes. Por mi parte estoy recluida en mi habitación a punto de probar este cuadrito de LSD que me dio mi amiga de la prepa. A ver que pasa.
⧪

-¡ES POSITIVO! ¡Es positivo! Salió gritando de su habitación mi padre.
-Chequé los resultados por Internet, su abuela tiene coronavirus. Nos dijo a Edson, Azucena y a mí. Y se nos unieron mis tíos Pepe, Mari y Patricia.
-¿Qué vamos a hacer? Preguntó.
– Internarla en un HOSPITAL, respondió Pepe.
– No la van aceptar si no está grave, dijo Mari.
-Yo me quiero morir en mi casa, terció Abue, quien había escuchado toda la conversación. Mis tíos siguieron discutiendo qué hacer con la abuela, querían hacerle más exámenes, llevarla a un hospital en el DF. Mil ideas para un sólo problema. Para esto ya habíamos cumplido los 14 días de la cuarentena, y como por arte de magia, caído del cielo llegó un policía a la casa.
– ¿Es esta la casa de la señora Josefina Vargas?
– Ajá, respondió mi papá con hueva.
– Le vengo a comunicar que hubo un error en el certificado de defunción del señor Ponciano, su vecino. El señor murió de neumonía atípica, no de coronavirus. Por lo que levantamos la cuarentena a su casa. Mil disculpas.
– Pero apenas vi los resultados de la prueba que le hicimos, es POSITIVO, dijo mi papá mostrando los kits que aún tenía.
– Ah, esas pruebas no sirven, son hechizas, remató el policía.
Mi abuela alzó su cerveza.
⧪
Me alegra que al final este DRAMA telenovelero tuviera final feliz, le dije a mi papá de regreso a casa, llevando los kits restantes por si las dudas.
-Sí pero al final no decidimos qué hacer con tu abuela. Tengo que hablar con mis hermanos.
Yo quería jalarme de los pelos. ⧪
…de los pelos

