En la visión que a cada día perdía y la oscuridad ganaba, Jorge Luis tocaba, como en sistema Braille, los reflejos de esos espejos que eran las cortinas de la ventana a otro tiempo y otro espacio.
Mi lado derecho en esa superficie es el izquierdo, reflexionaba. Me da miedo que ese espejo no refleje mi yo, sino mi otro yo.
“¿De qué Adán anterior al Paraíso, de qué divinidad indescifrable somos los hombres un espejo roto?” Se preguntaba.
“¿Quién le dirá a Pepo que el otro que lo observa es apenas un sueño del espejo?”
Se preguntó al mirar al felino enfrentarse a su imagen.
Vamos Pepo, la cama nos espera, le dijo a su gato. Borges consideraba a Pepo el dios que lo cuidaba mientras dormía.
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Esa noche Borges discutió, -otra vez- con Lord Byron sobre cómo crear el poema perfecto.
— La poesía es la experiencia estética, le dijo Borges. Algo que se siente, sentimos la belleza o no la sentimos.
— De acuerdo, coincidió Byron, pero debe ser la estética del placer, una estética del propio goce y deseo. Y esa estética lo abarca todo. Puedes escribirle poemas a tu amada o a tu gato. Le sugirió. Yo le escribía al mío.
Por cierto, que bueno que Beppo está contigo, le dijo.
-¿Beppo? No es Beppo, es Pepo, contestó Borges cuando ya Byron desaparecía entre sus sueños.
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A la mañana siguiente Jorge Luis despertó contento y descansado. Se dirigió a la cocina, donde ya su gato lo esperaba.
-Buenos días, Beppo, lo saludó. Me alegra que no hayas tenido problema al cruzar el espejo. ﬦ
