Historias de taxistas 1

El taxista circulaba por la Merced,

me confesó que le gustaba dar servicio a prostitutas porque eran las únicas que le daban un beso en la mejilla después de llegar a su destino, -“además de que son guapas y huelen bonito”-.

-Yo voy a donde me lleven. Trabajo es trabajo.

Tomó Plaza de San Pablo y pasaba frente a un hotel cuando vio salir a un muchacho joven, unos 20 años de edad,  corriendo a toda prisa, abotonándose la camisa y haciéndole señas para que se detuviera.

– ¿Me puedes llevar a Taxqueña, a la estación del Sur? Le preguntó. Ya voy tarde, le dijo.

– Claro que sí joven, a donde me indique.

Se acomodó en el asiento posterior y terminó de arreglarse la camisa y el pantalón.

– Ya voy tarde para tomar el autobús, ojalá pudiera llevarme a donde voy.

-¿A dónde va? Preguntó el taxista.

-Pues verá… hoy me caso, soltó el joven sin mencionar el lugar. Y ya voy tarde.

¿A qué hora es la boda? Preguntó el taxista sin inmutarse.

-Tengo que estar a las 12 en la iglesia de mi pueblo, Cuautlixco, Morelos, cerca de Yecapixtla, antes de llegar a Cuautla.

-Si nos apuramos llegamos, dijo el taxista viendo el reloj en el tablero.

El muchacho respiró aliviado. “Muchas gracias, otro no hubieran querido llevarme”.

-Yo voy a donde me lleven. Trabajo es trabajo. Respondió secamente.

IMG_4817

El taxista tomó la calzada de Tlalpan y se dirigió al sur, pensando en la ruta Parres-Tres Marias-Tepoztlán.

-Por el pago no se preocupe, mi papá es presidente municipal del pueblo. Tenemos dinero.

-¿Y qué hacía usted en la ciudad, joven? Se animó a averiguar sin dar importancia al comentario económico.

-Celebrando mi despedida de soltero. Vine con mis amigos a Garibaldi y terminamos en nuestro hotel con unas muchachas.

-Eso no le va a gustar a su novia, -a su futura esposa-. Comentó con una risita en los labios.

-No, imagino que no, pero que se le va hacer.

A la entrada del pueblo de Tres Marías un grupo de militares les marcaron el alto. “¡Licencia y registro!” Le exigieron. El taxista les extendió los documentos.

-¿A dónde vas y con qué motivo? Le preguntaron.

-Llevo al joven a su pueblo, respondió.

“Hoy me caso”, dijo el muchacho. “Y ya voy tarde”.

A ti no te preguntamos, dijo el militar devolviendo los documentos.

-Puede continuar su camino, le indicó.

Llegando a Cuautlixco el joven pidió al taxista dirigirse al final de una calle empedrada. La puerta de la reja metálica que rodea una residencia se encontraba abierta. Un hombre obeso, con gran bigote y sombrero esperaba.

-Pensé que te habías rajado huerco, le dijo al muchacho.

-No apá, aquí estoy.

-Ve a arreglarte, le ordenó. El muchacho bajó del taxi, “gracias” dijo al taxista y corrió.

Ahorita mando a alguien que le pague,  le dijo el hombre.

Una mujer joven, guapa, vistiendo un traje claro y rebozo vino y le entregó un fajo de billetes. “Quédese a comer”, le pidió.

-No puedo seño, tengo que seguir trabajando, el camino es largo.

-Gracias por traer a mi hijo, le dijo y le dio un beso en la mejilla.

El taxista sonrió, “huele bonito”, pensó. ﬦ

Marissa

Ella es Marissa, tiene 6 años de edad. Vive en un planeta muy pequeño, es vecina del Principito. Aunque no ha leído tiras de Mafalda coincide con ella en su visión del mundo y la vida. Ama a su familia y a su comunidad, adora especialmente a su abuelo, con quien comparte historias.

Respeta y quiere todo lo que la rodea, pero sabe que le falta mucho por conocer, y pone en apuros a sus padres  a la hora de hacer preguntas.

Crecer no le preocupa, y en ese proceso disfruta las cosas cotidianas de la vida.

marissa-portada

El arte es de Adriana Acetónica García

Los pájaros del camino…

Cada tarde salía a caminar llevando su frasco de medicinas, y como si fuera sembrando semillas, las iba tirando al jardín.

Había notado que coincidentemente a esa hora varios pájaros negros, y algunos azules, revoloteaban a su alrededor y seguían sus pasos. En las mañanas esos mismos pájaros la esperaban en su paseo matutino y la atacaban picándole la cabeza. Ella pensaba que se trataba de pájaros diferentes, pues en la tarde eran amigables y en la mañana no tanto, pero no, eran los mismos.

“¡Por supuesto!” respondía cada vez que la enfermera le preguntaba si se había tomado la medicina. Colocaba cada píldora bajo la lengua y tomaba agua sin pasar la pastilla, después la colocaba en la bolsa del suéter y minutos después la devolvía al frasco que después llevaría en su paseo por el jardín.

Unos pájaros la esperaban en el portal de madera que marca la entrada al patio y al verla salir alzaban el vuelo y marcaban dos círculos en el aire como señal para los demás. Cuando ella cruzaba el patio y llegaba al jardín, un par de decenas ya la seguían.

“No entiendo a estos animales…” se decía a sí misma. “En la tarde me aman y en la mañana me odian. Pero me gusta que me acompañen en mis paseos”. A veces les traía semillas, pero la mayor parte del tiempo lo olvidaba.

Recordaba las recomendaciones del personal de la Casa de Asistencia de no tirar chicles al suelo. Los pájaros se los tragan y mueren, le dijeron.

“Pero yo no masco chicle, con mis problemas de dentadura ya parece”, continuó en su diálogo interior.

-— No se preocupen, aquí no hay chicles, les dijo en voz alta. No quiero perjudicarlos, se ven ustedes muy sanos  o ¿ También sufren de reumas? Les preguntó.

Concluido su paseo y después de vaciar el frasco, regresaba a su habitación, a seguir viendo televisión mientras los pájaros recolectaban las medicinas. Algunas pastillas eran almacenadas en huecos de los troncos de los árboles, otras eran desechadas y algunas eran consumidas ahí mismo en el jardín.

A su modo contestaron su pregunta,  sí, también los pájaros negros y azules sufren dolores.

“¡Por supuesto!” respondía cada vez que le preguntaban.

IMG_3231